Andrés Galindo Arteaga convierte instrumentos Wayuu en el corazón sonoro de “La sed del viento” (The Wind’s Thirst)

El compositor colombiano radicado en Toronto construyó una banda sonora en la que el jayeechi, el wotoroyoy y el carbón hablan de lo mismo: un territorio en disputa.

En diciembre de 2025, el líder Wayuu Misael Socarrás Ipuana sobrevivió a un atentado. Para Andrés Galindo Arteaga, compositor de la banda sonora de La sed del viento, la noticia llegó de otra manera. «Después de haber trabajado en la música de la película, una noticia así golpea de otra manera, porque te recuerda que no estás musicalizando algo que pertenece al pasado, sino una realidad que todavía afecta a personas y comunidades concretas», dice el compositor. La sed del viento, documental del director Alejandro Valbuena sobre la comunidad Wayuu y el ecocidio en La Guajira, ya circula en festivales internacionales con una banda sonora que lleva esa urgencia adentro.

Galindo Arteaga llama a su propuesta una «orquestación Wayuu expandida»: jayeechis, wotoroyoy, massi, sawawa, trompa, kasha y wawai conviviendo como un cuerpo sonoro dentro de la película. «No estoy diciendo que exista una orquesta Wayuu en un sentido tradicional. Es una idea cinematográfica. Muchos de estos instrumentos suelen tener una presencia más individual, pero en la banda sonora quise explorar cómo podían convivir, responderse y formar un paisaje sonoro más amplio», explica. Esa convivencia fue el resultado de meses de investigación musicológica con su tío Humberto Galindo Palma y materiales del maestro Egberto Bermúdez y del acceso a los instrumentos que facilitó la familia Apshana en La Guajira. 

Tener esos instrumentos físicamente en su estudio en Toronto transformó el proceso. «Descubrí que muchos de esos instrumentos tienen una personalidad muy fuerte. No responden necesariamente a una lógica occidental de afinación, control o virtuosismo. Hay aire, fricción, inestabilidad y pequeños accidentes. Eso me enseñó a no forzarlos. A veces una sola nota, una respiración o un gesto tímbrico podía ser más poderoso que una frase musical larga», afirma. La pregunta que guiaba cada decisión no era qué sonidos usar, sino qué lugar ocupaban esos sonidos dentro de la vida cotidiana, la palabra y la espiritualidad Wayuu.

El centro de esa arquitectura sonora es la voz. La cantante Ninoska Angela Salas Jusayu Quen con Alejandro escribió e interpretó los jayeechis, cantos Wayuu que funcionan en la película como memoria, relato y territorio simultáneamente. En síntesis, como una manera de contar historias. «Cuando su voz entró en la banda sonora, la música cambió. Había una conexión directa con una forma Wayuu de narrar y recordar. Eso trajo una dimensión humana y espiritual que ningún instrumento virtual o textura creada en estudio podía reemplazar», dice Galindo Arteaga. Orlando Gutierrez, Marciano Bouriyu e Ilder Aguilar también aportaron interpretaciones grabadas directamente en La Guajira y enviadas al estudio en Toronto a través del director Valbuena. 

Frente a ese mundo de aire, voz y territorio, la banda sonora construye otro: el del carbón, la maquinaria y la extracción. «El carbón, el metal y la extracción tenían que sentirse más densos, repetitivos y pesados. La diferencia no era solo de instrumentos, sino de energía. Un mundo tenía más aire y movimiento. El otro tenía más peso y presión», describe el compositor. Un jayeechi presente en la película articula esa tensión con una precisión que ningún comentario externo podría igualar: «hablar y hablar, pero nada pasa». Para Galindo Arteaga, esa frase fue una brújula. «Esa idea marcaba una tensión muy fuerte entre las promesas externas y lo que la comunidad sigue viviendo», sostiene.

La dimensión onírica de la cultura Wayuu exigió otro tipo de cuidado. «En muchas narrativas occidentales, el sueño se trata como fantasía o símbolo psicológico. En el contexto Wayuu, el sueño es ser advertencia, guía y forma de conocimiento. Musicalmente, eso me llevó a evitar un tratamiento demasiado ‘mágico’ o decorativo», explica. Junto a esas decisiones de textura, el silencio fue igual de deliberado: «En una película así, el silencio no es ausencia. Es espacio para escuchar. Para mí, el silencio fue una forma de no invadir».

El proceso contó con la consultoría del compositor canadiense Mark Korven a través del National Screen Institute de Canadá, cuya mirada, dice Galindo Arteaga, lo ayudó a «confiar más en ciertos gestos sonoros, en lo imperfecto, lo áspero y lo físico» y a pensar la banda sonora como un mundo sonoro completo. El resultado es una película donde la música no explica ni ilustra, sino que habita. «Una película no resuelve por sí sola décadas de violencia, corrupción o despojo, pero sí puede cambiar la manera en que una persona mira una realidad. En mi caso, me hizo pensar más en el lugar desde donde compongo, en las preguntas que me hago y en cómo la música puede acompañar una conversación sin intentar ocupar el centro», concluye.

La sed del viento (The Wind’s Thirst) se encuentra actualmente en el circuito de festivales internacionales. La película tuvo su premier mundial en Sheffield DocFest y fue adquirida por Latin Quarter en el Marché du Film de Cannes.

Sobre Andrés Galindo Arteaga

Andrés Galindo Arteaga es un compositor colombo-canadiense con base en Toronto, especializado en música para cine y televisión, reconocido por combinar tradiciones acústicas folclóricas con síntesis electrónica contemporánea. Ganador de un premio CASMA y cinco veces galardonado por la Fundación SOCAN, fue seleccionado para el SOCAN Labs Scoring Retreat, donde recibió mentoría de Rich Williamson, ganador de un Canadian Screen Award, y de la compositora Steph Copeland (The Oak Room). Ha compuesto música para producciones de Lifetime, CBC Gem, Bell Media, OUTtv y Sky History, incluyendo Trapped in the Spotlight, Ray of Hope, Two Brothers y Secrets in the Ice. Su trabajo ha sido presentado en festivales como Sheffield DocFest, CaribbeanTales, T.O. Webfest, Blood in the Snow y Tasveer. Para La sed del viento, integró instrumentos, cantos e interpretaciones de músicos Wayuu grabadas en La Guajira dentro de una banda sonora híbrida, apoyada por investigación musicológica junto a Humberto Galindo Palma, referencias del maestro Egberto Bermúdez y la consultoría de Mark Korven a través del National Screen Institute de Canadá.

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